Todos nosotros, en el camino de nuestra “búsqueda” del sentido de la vida, hemos asumido, tanto la misión de discípulo, como la de maestro. Si miramos en nuestro interior, desde estas dos posiciones, descubriremos una serie de sentimientos contradictorios. Desde la posición de discípulo descubriremos cicatrices de las heridas que dejaron aquellos maestros que nos desilusionaron o decepcionaron. Desde la posición de maestro descubriremos también las cicatrices de las heridas que dejaron aquellos discípulos que no nos quisieron o traicionaron los valores que intentamos transmitirles. Seguro que también descubriremos que muchas de estas heridas siguen abiertas y duelen.
Seguro que en el futuro seguiremos asumiendo posturas de discípulo ante un maestro o de maestro hacia uno ó un grupo de discípulos.
Iniciar una relación maestro-discípulo es como iniciar una relación de pareja con un desnivel entre ambos. El que sabe algo y lo transmite está en este caso más arriba y el que quiere aprender mas abajo.
Para que este tipo de pareja funcione son necesarias algunas premisas:
Entre Maestro y Discípulo debe haber desde el comienzo de la relación amor. Preguntado una vez Sócrates sobre porque rechazaba a un determinado alumno contestó: “No puedo enseñarle nada, él no me quiere”.
El maestro debe estar dispuesto, sin ningún tipo de reservas, a poner a disposición del discípulo todo lo que el sabe, sin retener nada para sí mismo.
El discípulo deber recibir las enseñanzas del maestro con sentido crítico, siendo consciente en todo momento de los sentimientos que le produce lo que aprende. A través de estos sentimientos puede ir diferenciando la parte con la que está en sintonía y sobre todo la parte que le produce rechazo, para poder descubrir con esta última, en las sombras de su interior, temas no aceptados ni solucionados. La intención es que el discípulo vaya tomando lo que recibe del maestro para poder, con sentido crítico, analizarlo, sentirlo y modificarlo en parte, construyendo así su propia forma de desarrollar y aplicar lo aprendido.
En una relación como la descrita, es fácilmente comprensible que el desnivel inicial entre maestro y discípulo vaya disminuyendo por el principio de los vasos comunicantes. El maestro da todo lo que sabe, pero al mismo tiempo va él también aprendiendo del discípulo, ya que este le confronta con sus propios temas sin solucionar. Al cabo de un tiempo el desnivel desaparece, o se hace tan pequeño que los dos pueden seguir manteniendo una duradera relación amistosa, en la que ambos dan y reciben mutuamente.
Estas reflexiones nos llevan a algunas conclusiones:
Un buen maestro es aquel que está dispuesto a transmitir todo lo que sabe por considerarlo para bien de sus discípulos. El maestro debe saber manejar la situación de poder hacia el discípulo, viéndola como transitoria y siempre considerando que, en realidad es solo su servidor. No solo debe admitir abiertamente las críticas de los discípulos, sino que debe fomentarlas, reflectando hacia si mismo en todo momento lo que le molesta y mirándolo como un espejo de sus propias “Sombras”. En todo momento debe evitar actitudes que fomenten cualquier tipo de culto a su personalidad por el peligro de corrupción que esto supone.
El discípulo, a la busca de un maestro, debe ser consciente de que, en esta dimensión material del Ser, no hay maestro perfecto. El debe buscar alguien que le ayude a iluminar el camino de su búsqueda, siendo consciente en todo momento de que nadie puede andar este camino por él. Debe ser respetuoso en sus críticas y considerar la relación maestro-discípulo como transitoria, intentando cuanto antes llegar a cambiarla en una relación amistosa como anteriormente descrita.
Este tipo de relación es el que acelera la evolución del espíritu, que es en esencia el sentido de nuestra vida en la Tierra. Lo contrario nos lleva al poder de las religiones y de las sectas y al inmovilismo ideológico y filosófico.
Manuel Zapata 22/01/2008
